La hora exacta de ese beso, eran las doce y diez. Un beso bajo la luz de la luna, lleno de sentimientos, de amor, de felicidad. Estábamos sentados en ese banco, nuestro banco, donde prometidos amarnos. Tan sonrientes como dos niños pequeños, allí, los dos solos, con una vela encendida pensando en que deseo pedir en el momento de apagarla.
Me hubiese gustado poder quitarle la pila al reloj, parar el tiempo en ese preciso instante y que nuestro momento no se terminara nunca. (12) M
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